LA CONSTRUCCIÓN Y CONSOLIDACIÓN DEL ESTADO LIBERAL

12 – LA CONSTRUCCIÓN Y CONSOLIDACIÓN DEL ESTADO LIBERAL.

12-1 EL REINADO DE ISABEL II. LA OPOSICIÓN AL LIBERALISMO: CARLISMO Y GUERRA CIVIL. LA CUESTIÓN FORAL.

El establecimiento del régimen liberal en España, durante la minoría de edad de Isabel II (1833-1843), comenzó con el estallido de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) entre las fuerzas gubernamentales y los partidarios del absolutismo, dirigidos por Carlos María Isidro. La guerra civil tuvo lugar durante la primera regencia de la minoría de edad de la reina. Las causas del conflicto fueron:
– La cuestión sucesoria en torno a la legitimidad de Isabel para ocupar el trono y de su madre para ejercer la regencia. Al trono llegó porque en 1830 Fernando VII en previsión del nacimiento de una hija, promulgó la Pragmática Sanción anulando la Ley Sálica, que impedía reinar a las mujeres. Carlos María Isidro hermano de Fernando VII y hasta entonces su sucesor, no aceptó la medida, protagonizando sin éxito los “Sucesos de la Granja”- 1832. El 29-septiembre-1833 fallece el rey y dos días después, Don Carlos reivindicó desde Portugal sus derechos dinásticos (Manifiesto de Abrantes), siendo proclamado rey (Carlos V) en diversas ciudades.
– El enfrentamiento ideológico. Los carlistas eran enemigos del liberalismo y de lo que implicaba (libertad política, económica y social, uniformidad territorial y laicismo). Defendían el tradicionalismo, el Antiguo Régimen y la monarquía de origen divino (“Dios, Patria y Rey”). Reivindicaban el mantenimiento de los fueros (usos y costumbres por los que se regían el País Vasco y Navarra frente a la política centralizadora liberal) para conservar las instituciones de gobierno autónomas, sus sistemas judiciales, exención fiscal y quintas.
Enfrente, el liberalismo defendía la política centralizadora, soberanía nacional y división de poderes.
Desde el punto de vista social, en el carlismo militaban parte de la nobleza y miembros conservadores de la administración y del ejército, bajo clero y campesinado católico. En el bando isabelino, sectores reformistas del absolutismo, liberales, gran parte del ejército, funcionarios, alta jerarquías eclesiásticas, burgueses, intelectuales y profesionales. En el ámbito internacional, Francia, Portugal y Reino Unido firmaron la Cuádruple Alianza con el régimen isabelino. Austria, Prusia, Rusia, Nápoles y los Estados Pontificios apoyaron a Carlos Mª Isidro.
Primera Guerra Carlista (1833-1840) estalló el 1 de octubre con el Manifiesto de Abrantes. La guerra tuvo lugar con la Regencia de Mª Cristina y se desarrolló en tres fases:
– 1ª Fase: Avance carlista (1833-1835). Los carlistas intentaron una insurrección general del país, al no lograrlo se inicia la guerra civil. El ejército isabelino reprimió los núcleos carlistas excepto en el País Vasco y Navarra, allí Zumalacárregui creó un ejército partiendo de guerrilleros. Los carlistas obtuvieron victorias como la del valle de los Amézcoas, y fracasos como el asedio a Bilbao (1835) que acabó con la muerte del general Zumalacárregui.
– 2ª Fase: Repliegue carlista (1835-1837). Organizan expediciones fuera del País Vasco y Navarra: la Expedición Gómez y la Expedición Real que concluyeron sin respaldos. Los carlistas fueron derrotados en Luchana (1836) por Espartero, poniendo fin al segundo sitio de Bilbao y replegándose más allá del Ebro.
– 3ª Fase: Triunfo isabelino (1837-1839). Espartero liberó gran parte de los territorios ocupados por los carlistas. Se produjo una división del carlismo: apostólicos o intransigentes y marotistas o moderados. La firma del Convenio de Vergara (Guipúzcoa – diciembre 1839), entre el general Maroto y Espartero (abrazo de Vergara), puso fin a la guerra; acordándose admitir a los militares carlistas en el ejército isabelino, respetando su graduación y el mantenimiento de los fueros, aunque los gobiernos liberales no lo respetarían totalmente. El general Cabrera, resistió hasta la toma de Morella por Espartero (mayo 1840).

El carlismo se mantuvo activo a lo largo del siglo, reivindicando los fueros y provocando otros dos conflictos más:
Segunda Guerra Carlista. (1846-1849). Se desarrolló en Cataluña, tuvo como pretexto el fracaso de la planeada boda entre Isabel II y Carlos VI. Finalizada hubo focos carlistas hasta 1860. El carlismo se revitalizó en 1868.
Tercera Guerra Carlista. (1872-1876). Durante el Sexenio Democrático en Cataluña, Navarra y País Vasco; llegándose a establecer un gobierno en Estella. La Restauración trajo el declive carlista, ya que la derecha monárquica apoyó a Alfonso XII. Martínez Campos derrotó a los carlistas y Carlos VII se marchó a Francia.
La Ley de 1876, abolió aspectos de los fueros vasco-navarros, aumentó la intervención del Estado, estableció el servicio militar obligatorio y la contribución a la Hacienda estatal. Durante la Restauración, el carlismo no abandonó su confianza en la implantación de la rama legítima de los Borbones y plena reintegración foral.

12-2 ISABEL II (1833-1843): LAS REGENCIAS.

El reinado de Isabel II (1833-1868) se divide en dos etapas: la primera (1833-1843) coincidió con la minoría de edad de la reina, siendo necesaria una regencia primero de su madre María Cristina (1833-1840) y después de Espartero (1840-1843). La segunda (1843-1868) correspondió al reinado efectivo, con la mayoría de edad.
Durante las regencias, los gobiernos liberales realizaron la desmantelación total del Antiguo Régimen de manera gradual: una fase moderada, siguió la revolución liberal y finalmente un Gobierno liberal autoritario.
Entre 1833 y 1840 se desarrolla la regencia de María Cristina. Se inicia una etapa moderada (1833-1835), transición entre el Estado absolutista de Fernando VII y el liberal de Isabel II. Los primeros gobiernos protagonizados por monárquicos reformistas como Cea Bermúdez (1832-1834), aprobó reformas como la liberalización del comercio, industria y transportes, libertad de imprenta limitada y división territorial en provincias.
En enero de 1834 la regente aunque no era liberal, el estallido de la guerra y la necesidad de apoyos, la obligaron a llamar a Martínez de la Rosa, liberal moderado antes jefe de Gobierno en el Trienio liberal. Éste inició una apertura, amplió la amnistía a los liberales exiliados, restableció la Milicia Nacional.
Se elaboró el Estatuto Real (1834), Carta otorgada, que no reconocía la soberanía nacional, ni la división de poderes, dejando la iniciativa legislativa en manos del Rey, sin reconocimiento de derechos individuales. No satisfizo ni a los liberales más moderados y rechazada por los carlistas.
La etapa de transición fracasó al intentar reconciliar absolutismo y liberalismo. La falta de fondos, los errores tácticos en la guerra e incursiones carlistas, provocarían en 1835 una insurrección reclamando un Gobierno progresista.
Es cuando se inició realmente la revolución liberal (1835-1840), con el nuevo jefe de Gobierno Juan Álvarez Mendizábal. Adoptó medidas encaminadas a desmantelar el sistema legal del Antiguo Régimen, entre ellas la libertad de imprenta, a Ley de supresión de conventos y el decreto de desamortización de los bienes del clero regular. Su política se enfrentó a los moderados y María Cristina, dimitiendo en mayo de 1836.
El intento de la regente de acabar con las reformas y volver al moderantismo, desencadenó el pronunciamiento militar de los sargentos de la Granja, que obligó a entregar el Gobierno a los progresistas y restablecer la Constitución de 1812.
El nuevo Gobierno de José María Calatrava, continuó la demolición del absolutismo. Eliminó definitivamente el régimen señorial y el mayorazgo, suprimió el diezmo, restableció la Ley Municipal del Trienio que permitía la elección popular de los alcaldes, y puso al frente de la dirección de la guerra al general Espartero.
Las nuevas Cortes elaboraron la Constitución de 1837, intento de contentar a moderados y progresistas. Proclamaba la Soberanía Nacional (en la práctica compartida Rey-Cortes); división de poderes, Cortes bicamerales, Congreso elegido por sufragio censitario y Senado de designación real. Reconocía derechos individuales, libertad de prensa, autonomía política de los ayuntamientos, y recuperar la Milicia Nacional.
Entre 1837 y 1838 los moderados ganaban las elecciones, con un sufragio restringido y al apoyo de la regente. En 1840 el intento de modificar la Ley Municipal, provocó la oposición progresista apoyada por Espartero, reforzado tras la guerra carlista encabezando la insurrección, que forzó la dimisión de María Cristina.
Se formó un breve ministerio-regencia, presidido por Espartero, y en 1841 las Cortes lo eligieron regente. Durante la regencia de Espartero (1840-1843), éste gobernó apoyado por progresistas y otros jefes militares. Pero su política autoritaria suscitó la oposición de progresistas que antes le apoyaban, y la aparición de rivales dentro del ejército: Prim, Serrano, Narváez y O´Donnell. En 1842 estalló una insurrección en Barcelona, ante un posible tratado de libre comercio con Inglaterra, Espartero reprimió la insurrección bombardeando la ciudad.
Su mandato estuvo salpicado de revueltas de generales moderados partidarios de María Cristina (O´Donnell, Narváez…). Moderados y progresistas organizaron un pronunciamiento militar, que obligó a Espartero a dimitir en 1843. El artífice del golpe, el general Narváez, se convirtió en 1844 en jefe de Gobierno, siendo Isabel II mayor de edad.

12-3 ISABEL II (1843-1868): EL REINADO EFECTIVO

Entre 1833 y 1840 María Cristina gobernó como regente, tras su dimisión en septiembre de 1840 Espartero se convirtió en el nuevo regente, hasta agosto de 1843. En otoño, las Cortes votaron la mayoría de edad de Isabel II, iniciando a los trece años su reinado efectivo (1843-1868). Durante la mayoría de edad de Isabel II se procedió a la auténtica construcción del nuevo Estado liberal. Pueden distinguirse en estos años varias fases: una Década moderada, un Bienio progresista y por último la Unión Liberal y el retorno del moderantismo.
En la Década moderada (1844-1854), Narváez, líder de los moderados, estuvo al frente del gobierno. Estableció un sistema político estable, donde primaba el orden a la libertad, marginando a los progresistas, y contando con el apoyo del Ejército y las élites sociales. Suprimió la Milicia Nacional y creó la Guardia Civil (1844).
Se promulga la Constitución de 1845, más conservadora que la de 1837, soberanía compartida Rey-Cortes, Cortes bicamerales y sufragio censitario. Se adoptaron medidas de control de la Administración provincial y local: se crea el cargo de gobernador civil y se suprime el carácter electivo de los alcaldes, siendo elegidos por el Gobierno; y se aprueba un nuevo Código Civil y Penal. En Hacienda se aprobó la Ley Mon-Santillán, potenciándose los impuestos indirectos. Se firmó el Concordato de 1851, por el que el Papa reconocía a Isabel II como reina, y el Estado se comprometía a financiar la Iglesia y entregarle el control de la enseñanza y la censura.
Desde 1849 se incrementó el autoritarismo; se funda el Partido Demócrata, reivindicando el sufragio universal, Cortes unicamerales, libertad religiosa, instrucción primaria gratuita e intervención del Estado en las relaciones laborales. A comienzos de 1854 las Cortes se habían suspendido y el descontento aumentaba.
El Bienio progresista (1854-1856), comienza en julio de 1854 con el pronunciamiento del general O´Donnell en Vicálvaro (Vicalvarada). En su retirada hacia Andalucía, se le unió el general Serrano, y ambos proclaman el Manifiesto de Manzanares con promesas progresistas, consiguiendo que casi toda España se les uniera.
Isabel II encargó formar gobierno al progresista general Espartero, con O´Donnell como ministro de la Guerra. Durante el Bienio progresista se restauran leyes e instituciones como la Ley de Imprenta, Ley Electoral y Milicia Nacional. Se elabora la Constitución de 1856, non-nata, similar a la de 1837, soberanía nacional, Cortes bicamerales electivas, potestad legislativa Rey-Cortes, y ampliaba los derechos individuales.
En economía se aplicó la Ley desamortizadora de Madoz (1855) de bienes eclesiásticos, municipales y del Estado; Ley de Ferrocarriles (1855), Ley Bancaria (1856) creando el Banco de España. Pero la conflictividad social provocó una crisis y en julio de 1856 Espartero dimitió y la reina encargó gobierno al general O´Donnell.
De 1856 a 1868 se produjo la alternancia entre los moderados y la Unión Liberal. En 1856 O´Donnell, con su nuevo partido la Unión Liberal, intentaba establecer un liberalismo centrista (moderados de izquierda y progresistas), repuso la Constitución de 1845 con un Acta Adicional progresista.
Pero este gobierno fue breve, Narváez retornó, suprimió el Acta Adicional y se rodeó de los elementos más conservadores del moderantismo.
De nuevo la Unión Liberal (O´Donnell) estaría en el Gobierno (1858-1863). Años de expansión económica y de una activa política exterior: apoyó a Francia en Indochina, Guerra contra Marruecos, expedición a México y guerra contra Perú y Chile. En 1863, el desgaste en el gobierno y las divisiones del partido llevaron a O´Donnell a dimitir.
Volvió Narváez al Gobierno (1864-1865), con una política conservadora y de represión de las libertades, pero incapaz de responder a las demandas sociales y políticas. La expulsión de los catedráticos Sanz del Río y Emilio Castelar (noche S. Daniel 1865) puso fin al Gobierno de Narváez.
O´Donnell asumió el Gobierno (1865-1866), pero los desacuerdos con la reina condujo a Narváez a un nuevo Gobierno (1866-abril 1868). El descrédito de Isabel II y la recesión económica generaban malestar social. En junio 1866 se produjo la sublevación de los sargentos del cuartel de S. Gil (Madrid); y en agosto, progresistas, demócratas y republicanos, liderados por Prim, firman el Pacto de Ostende, querían destronar a la reina y convocar Cortes Constituyentes por sufragio universal.
La muerte de Narváez y O´Donnell, y el débil Gobierno de González Bravo, aisló a la reina. En septiembre de 1868 Prim y Topete inician la sublevación (“La Gloriosa”), que dirigida por Serrano provocó la caída de Isabel II y abrió la esperanza de un régimen democrático para España.

12-4 EL SEXENIO DEMOCRÁTICO (1868-1874): INTENTOS DEMOCRATIZADORES. LA REVOLUCIÓN, EL REINADO DE AMADEO I Y LA PRIMERA REPÚBLICA.

En los años anteriores a 1868 el malestar social y el desprestigio de Isabel II aumentaban. Tras el fracaso de la sublevación del cuartel de San Gil en 1866, Prim pactó en Ostende una alianza con el Partido Demócrata al que se unieron los republicanos, para promover el cambio de régimen y convocar Cortes Constituyentes.
La revolución de septiembre de 1868 se inició cuando el almirante Topete junto a Prim y Serrano, se sublevaron en Cádiz. Los sublevados en su manifiesto “España con honra” proclamaban la expulsión de la reina y el establecimiento de un Gobierno provisional constitucional que asegurara el orden y la regeneración política del país. Se formaron Juntas Revolucionarias en muchos puntos del país.
El ejército leal a la reina fue derrotado en Alcolea (Córdoba), Isabel II se encontró sin apoyos y se exilió a Francia.
Se formó un Gobierno provisional presidido por Serrano, formado por unionistas (Topete) y progresistas (Serrano, Sagasta, Figuerola, Zorrilla); tomaron medidas inmediatas como: disolución de las juntas locales revolucionarias, expulsión de los jesuitas, derogación del fuero eclesiástico y convocaron elecciones a Cortes constituyentes que dieron la mayoría a la coalición gubernamental.
Las Cortes redactan la Constitución de 1869, establecía la soberanía nacional, división de poderes: legislativo en las cámaras, ejecutivo en el rey a través de los ministros, y judicial a los jueces; consagraba derechos básicos (reunión, asociación y expresión), y por primera vez libertad religiosa, sufragio universal masculino y la monarquía democrática como sistema de gobierno. El Gobierno aprobó: Ley Electoral, Ley de Matrimonios civiles, Ley Orgánica del Poder Judicial y reforma del Código Penal.
Había una Constitución, pero España era una monarquía sin rey. Se instauró una regencia presidida por Serrano y Prim fue nombrado jefe de Gobierno. Aunque estaba descartada la vuelta de los Borbones, Cánovas del Castillo forma el Partido Alfonsino, en defensa de los derechos del hijo de Isabel II.
Durante el año 1869 se produjeron varios problemas: comienza la guerra con Cuba, los carlistas se reorganizan en torno a Carlos VII, y se suceden levantamientos republicanos por todo el país.
En octubre de 1870, Amadeo de Saboya aceptó la Corona, con el consentimiento de las potencias europeas, en noviembre las Cortes lo eligen Rey. Su breve reinado (1870-1873) fue debido a diversos factores: asesinato de su valedor, Prim, el conflicto militar con Cuba, la oposición de las fuerzas monárquicas (el carlismo, con la tercera guerra carlista, y el Partido Alfonsino); a ello se unió la oposición de la nobleza y burguesía; y las movilizaciones obreras y populares que reclamaban un régimen republicano.
Amadeo I abdicó, febrero de 1873, y las dos cámaras reunidas en una sola Asamblea, proclamaron la I República.
La Asamblea, que había proclamado la I República, designó a Estanislao Figueras, presidente de una República unitaria, inmediatamente chocó con los republicanos federales. Su principal cometido era convocar Cortes Constituyentes que promulgasen una nueva Constitución. Se enfrentó con graves problemas: crisis de Hacienda, cuestión de Cuba y la Tercera Guerra Carlista. En su breve gobierno promulgó una amplia amnistía, abolió la esclavitud en Puerto Rico y suprimió las quintas.
En las primeras elecciones triunfan los republicanos federales, proclamándose la República Democrática Federal, siendo Pi i Margall presidente. En los republicanos federales surgieron dos tendencias: transigentes querían conseguir el orden social y después construir la República Federal desde arriba; y los intransigentes, defendían la construcción desde abajo, y así vendría la paz social. Al tiempo estalló una revolución cantonal, protagonizada por la clase media y trabajadores urbanos, comenzó en Cartagena extendiéndose al Sur y Levante.
Al no poder aprobar la Constitución Pi i Margall dimitió, le sucedió Salmerón, se limitó a restablecer el orden y reprimir los movimientos obreros. Dimitió al no querer firmar unas penas de muerte contra revolucionarios.
Emilio Castelar le sucedió, intentó restablecer el orden. Su giro a la derecha le enfrentó a los intransigentes.
El golpe de Estado del general Pavía, enero 1874, disolvió las Cortes y puso fin a la I República.
1874 fue de transición entre la I República y la Restauración borbónica, el poder pasó a Serrano, apoyado por liberales, como Topete y Sagasta, Cánovas intentaba el regreso de los Borbones. El pronunciamiento en Sagunto del general Martínez Campos, acabó con el Sexenio revolucionario, iniciando la Restauración.

12-5 REINADO DE ALFONSO XII: EL SISTEMA CANOVISTA Y LA CONSTITUCIÓN DE 1876.

La Restauración de la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII (hijo de Isabel II) va desde 1875 hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII en 1902. Pero el verdadero artífice del sistema político de la Restauración fue Cánovas del Castillo, que consiguió establecer en España una monarquía liberal parlamentaria (no democrática), que haría posible la gobernabilidad del Estado durante casi cuarenta años.
El proyecto político de Cánovas se gestó durante el Sexenio democrático, cuando Cánovas al frente del Partido Alfonsino, consiguió de la reina en el exilio que abdicara a favor de su hijo.
Alfonso se educó en la academia de Sandhurst; y desde allí, tras el golpe del general Pavía (enero 1874) que llevó al gobierno a Serrano, hizo publicar el Manifiesto de Sandhurst (redactado por Cánovas), donde presentaba la restauración de la monarquía constitucional como la única solución a los problemas de España.
En diciembre de 1874, el general Martínez Campos protagonizó el pronunciamiento militar en Sagunto, restableciendo la monarquía. Serrano dimitió, Cánovas inició un gabinete-regencia, y en enero Alfonso XII lo confirmó en el Gobierno.
Durante el reinado de Alfonso XII (1875-1885), Cánovas del Castillo estableció las bases para conseguir la estabilidad política en España. Los objetivos políticos del sistema canovista se centraron en:
• Pacificación del país. El Ejército, protagonista de la política durante el siglo XIX, debía volver a los cuarteles y servir al Estado con independencia de quien gobernara. El Ejército se centró en el final de la Tercera Guerra Carlista (1876) y la Guerra de Cuba (Paz de Zanjón 1878).
• Bipartidismo. Hasta ahora los progresistas solo habían accedido al poder mediante pronunciamientos. Para evitarlo y conseguir estabilidad, era necesario que los liberales se alternaran en el poder. Los dos partidos que se alternaron fueron: el Partido Liberal Conservador (futuro Partido Conservador), antiguos moderados, unionistas y católicos (Unión Católica), liderados por Cánovas; y el Partido Liberal Fusionista (más tarde Partido Liberal), formado por progresistas, demócratas y republicanos moderados, liderados por Sagasta.

El Partido Conservador estaba apoyado por la burguesía financiera y latifundista, y la aristocracia; y el Partido Liberal por la burguesía industrial y comercial, funcionarios y profesionales liberales.
Los dos partidos aceptaron turnarse en el gobierno. Para conseguirlo, era necesario el fraude electoral, que funcionaba así: el rey encargaba la formación de gobierno al partido que le tocase, se disolvían las Cortes y se convocaban elecciones, desde el Ministerio de la Gobernación se ponía en marcha el “Encasillado” (lista de diputados provinciales que debían salir elegidos). La lista se imponía mediante presión, compra de votos de los caciques, amenazas, y si no era suficiente se manipulaba el censo, o las actas de resultados. El conjunto de prácticas antidemocráticas, dentro del sistema caciquista, eran conocidas como “pucherazo”.
• Constitución de 1876. Era necesaria para legitimar el régimen, convocándose elecciones a Cortes por sufragio universal masculino, y estas de mayoría conservadora la redactaron y aprobaron. Inspirada en la de 1845 pero con novedades de la de 1869. Establecía la soberanía compartida Rey-Cortes. No existía un clara división de poderes: el legislativo es compartido, Rey- Cortes bicamerales, Congreso elegido por sufragio censitario y Senado parte de elección real y otra mediante un sistema indirecto por las corporaciones y los mayores contribuyentes; el ejecutivo lo tiene el rey que elige al jefe de Gobierno, es jefe del Ejército y tiene amplias facultades (sanciona leyes, disuelve las cámaras, convoca nuevas elecciones y un derecho a veto en cada legislatura; y el judicial en los tribunales. Derechos y libertades como los de 1869. Religión oficial la católica, aunque tolerando otros cultos.

Cánovas gobernó los primeros años del reinado de Alfonso XII. Eliminó lo más radical del Sexenio democrático (matrimonios civiles, juicios con jurado), restableció el Concordato con la Santa Sede, restituyó a militares depuestos, y eliminó a los alcaldes y gobernadores civiles nombrados en el Sexenio. Promulgó la Ley Electoral (1876), Ley de Imprenta (1879), fin de la libertad de cátedra y prohibió asociaciones obreras.
Sagasta le sucedió (1881-1884), restableció la libertad de cátedra, expresión y reunión; permitió las asociaciones obreras, amnistió a republicanos. La doble crisis (Francia y sublevación militar republicana) puso fin a su gobierno.
Con Cánovas en el gobierno muere Alfonso XII, iniciándose la regencia de María Cristina de Habsburgo con el Pacto del Pardo, respetando el turno de partidos y garantizando así el sistema canovista los años siguientes.

12-6 LA REGENCIA DE Mª CRISTINA DE HABSBURGO Y EL TURNO DE PARTIDOS. LA OPOSICIÓN AL SISTEMA. REGIONALISMO Y NACIONALISMO.

Tras la muerte de Alfonso XII (1885), su esposa Mª Cristina de Habsburgo asumió la regencia (1885-1902). La necesidad de garantizar la estabilidad del régimen durante la regencia, llevó a Cánovas y Sagasta a firmar el Pacto del Pardo, comprometiéndosen a apoyar la regencia, facilitar el relevo en el gobierno, y a no echar abajo la legislación aprobada por el anterior. Ambos cumplieron y facilitaron la alternancia (turno de partidos), y Mª Cristina respetó las decisiones de los gobiernos, aunque aumentó lo corrupción política y falseamiento electoral (sistema caciquista).
Mª Cristina entregó el poder al Partido Liberal de Sagasta (Parlamento largo, 1885-1890). Este practicó una política aperturista, aprobó el Código de Comercio (1885), Ley de Asociaciones (1887), Código Civil (1889), sufragio universal masculino (1890); restableció los juicios con jurado y abolió de manera efectiva la esclavitud en Cuba. No aceptó la autonomía de Cuba, la reforma del Ejército, ni el reconocimiento de los particularismos regionales.
El nuevo Gobierno conservador (1890-1892), aprobó la Ley de Aranceles (1891), por la crisis económica europea.
Los liberales volvieron a gobernar 1892, elaboran el proyecto de reforma de la administración y gobierno de Cuba, que no se aprobaría, y en febrero de 1895 se iniciaba la insurrección que daría lugar a la Guerra de Cuba.
El turnismo se mantuvo en toda la regencia, incluso en los momentos más críticos como la Guerra de Cuba y la muerte de Cánovas (1897) víctima de un atentado por un anarquista italiano.
La oposición al sistema político de la Restauración, no supo aprovechar ni la corrupción del sistema, ni la pasividad de la población. Lo componían las fuerzas políticas no integradas en el sistema, que eran:
• Carlistas. Tras su derrota en 1876 divididos en dos grupos, los que rechazaban el régimen, liderados por Ramón Nocedal; y los liderados por Vázquez de Mella que formarían un partido y lucharían dentro de la legalidad
• Republicanos. Estaban muy desunidos. Castelar lideraba a los posibilistas, colaboraron con el partido de Sagasta. Salmerón y Pi i Margall estaban divididos en su concepción de la República: Salmerón defendía una República unitaria, y Pi i Margall una federal. Ruiz Zorrilla y su grupo eran partidarios de la lucha armada.
• Asociaciones obreras. En la clandestinidad con la Restauración y escindido en dos corrientes, anarquista y socialista. La anarquista se reorganizó con la fundación de la Federación de Trabajadores de la Región Española-FTRE (1881). Mayor presencia en Cataluña, Aragón, Valencia y Andalucía; las divisiones internas y la represión, les llevó a final de los ochenta a un activismo sindical y reivindicativo, y una minoría se radicalizó (Mano Negra).

Los socialistas, refugiados en torno a la Asociación del Arte de Imprimir, presidida por Pablo Iglesias en 1874. En 1879 fundan el PSOE y en 1888 la Unión General de Trabajadores, sindicato, cuyo objetivo era mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, mediante la negociación, las demandas al poder político y la huelga.
• Regionalismo y nacionalismos. Se sumaron a la oposición al sistema, sus objetivos eran: creación de instituciones propias o autonomía administrativa, y en otros lograr la independencia. Esto suponía un modelo de Estado descentralizado, opuesto al centralista del sistema canovista. Destacaron:
– Catalanismo. En la Restauración nace el movimiento cultural, la Reinaixença. Almirall fundó el Centre Catalá (1882). En 1891 se crea la Unió Catalanista que promovió las Bases de Manresa, recogía el primer programa del catalanismo e incluía un proyecto de Estatuto de Autonomía. En 1901 se formó el primer gran partido catalanista, la Lliga Regionalista, liderada por Prat de la Riba y Francesc Cambó.
– Nacionalismo vasco. Reivindicó los fueros perdidos; rechazó la industrialización, el capitalismo y los inmigrantes; dentro de una línea de pensamiento católica y antiliberal. 1895 Sabino Arana funda el Partido Nacionalista Vasco. Desde 1898, osciló entre el independentismo y la integración autónoma dentro de España.
– Nacionalismo gallego. Liderado por Manuel Murguía y Alfredo Brañas, no pretendían alcanzar un Estado independiente, sino un modelo de descentralización (autonomía).
– Regionalismo andaluz. Comenzó con el cantonalismo de 1873. Su ideólogo fue Blas Infante, pero no se llegó a la consolidación de un partido andalucista.
– Regionalismo valenciano. Más un movimiento cultural que político, en el que destacó Constantí Llombart.

12-7 GUERRA COLONIAL Y CRISIS DE 1898.

Los restos del imperio colonial español, tras la pérdida de la América continental a principios del siglo XIX, consistían en las dos grandes islas del Caribe, Cuba y Puerto Rico; Filipinas, en el Pacífico Occidental, y un conjunto de islotes y pequeños archipiélagos dispersos por este océano.
Cuba y Puerto Rico presentaban unos rasgos coloniales muy peculiares: situadas en las cercanías de Estados Unidos, tenían una economía basada en la agricultura de exportación, principalmente azúcar y tabaco; aportaban a la economía española importantes beneficios, debido a las leyes arancelarias que imponía la metrópoli; eran un mercado cautivo, obligado a comprar harina y textiles a la metrópoli, e impedidas de exportar azúcar a Europa desde 1870; y privadas de toda capacidad de autogobierno. La dependencia de España se mantuvo por el papel que la metrópoli cumplía con sus tropas y administración, asegurando la explotación esclavista que beneficiaba a una reducida oligarquía.
En Filipinas, la población española era escasa, y los capitales invertidos no eran importantes. La soberanía se había mantenido tres siglos gracias a la fuerza militar y a la presencia de órdenes religiosas. La relación con la metrópoli se centró, en la explotación de recursos agrarios y en la presencia de clérigos y misioneros.
En 1868 comenzaron en Cuba movimientos independentistas, con la sublevación popular dirigida por Céspedes, luchando por la abolición de la esclavitud y por la autonomía política. Estos movimientos sintieron el estímulo de Estados Unidos, con la abolición de la esclavitud tras la Guerra de Secesión.
La Guerra de los Diez Años (1868-1878) concluyó con la Paz de Zanjón, por la que el general Martínez Campos se comprometió a dar a Cuba cierto autogobierno. Los resultados de la Paz de Zanjón fueron escasos. Surgió el Partido Liberal Cubano (1878) representando sectores de la burguesía criolla buscando más autogobierno; pero la Guerra Chiquita (1879-1880) puso de manifiesto el descontento por la Paz de Zanjón y avivó el independentismo.
En 1892, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano partidario de la independencia, y el mismo año en Filipinas José Rizal fundó la Liga Filipina.
La propuesta de una nueva ley autonómica para Cuba (1895) llegó tarde y la Guerra independentista se endureció con José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo. España envió a Martínez Campos, pero fracasó; asumió el mando el general Weyler, y a pesar de los éxitos iniciales, no impidió la lucha armada.
En Filipinas fue ejecutado Rizal, pero Aguinaldo mantuvo la insurrección. En 1897 desaparece Cánovas, los líderes de Cuba y Filipinas están en estrecha relación con Estados Unidos. Sagasta cree necesario reconocer una amplia autonomía, pero Estados Unidos se implica en el conflicto, y la voladura del acorazado Maine sirvió de pretexto para una declaración de guerra, que se desarrolló en el Caribe y Filipinas.
Las derrotas de Cavite y Manila en Filipinas; y Santiago en Cuba, llevaron a la Paz de París el 10 de diciembre de 1898, España reconocía la independencia de Cuba y cedía a Estados Unidos Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam. En 1899 España vendía al Imperio alemán las islas Coralinas, las Marianas (excepto Guam) y Palaos.
La pérdida de las últimas colonias fue conocida como él desastre del 98 y tuvo importantes repercusiones, destacan:
• La aparición de un movimiento intelectual y crítico, el regeneracionismo, que rechazaba el sistema político y social de la Restauración, al considerarlo una lacra para el progreso de España. Entre sus representantes destacan Joaquín Costa, Almirall… El regeneracionismo tuvo su vertiente literaria con la Generación del 98 (Unamuno, Baroja…)
• Económicas. La derrota supuso la pérdida del mercado colonial, iniciándose una política proteccionista.
• En política internacional, España dejó de ser un Imperio, iniciando una intervención en África.
• Una propuesta de reforma y modernización: el llamado regeneracionismo político que representaban políticos de diferentes partidos. En el Partido Conservador Francisco Silvela, y en el Partido Liberal José Canalejas.
• El desprestigio militar. La imagen del Ejército salió dañada, lo que traería graves consecuencias en el siglo XX.
• Crecimiento del movimiento obrero. Las movilizaciones obreras fueron en aumento en las primeras décadas del siglo XX, con sucesos como la Semana Trágica de Barcelona (1909).
• Los nacionalismos periféricos de la península adquirieron mayor empuje y protagonismo tras la crisis del 98.